Mis aventuras motorizadas
No todo va a ser malo. Al menos para vosotros. Y por eso de que siempre nos reimos de las desgracias ajenas comenzaré a contaros mis historias con el coche.Los que me conocen saben de mi mala suerte. No es que sea una mala suerte dramática pero si me pasan cosas que hacen reír a los demás (cabrones, ya os podías reír de vuestra puta madre). Y si a esto le añadimos lo que entiendo o creo entender y lo metemos en una coctelera, ya tenemos el show montado.
Así pues todo empezó un mes de agosto de este mismo año. Un día rutinario, después de la jornada intensiva, llegué a mi barrio con el coche. Vi unas extrañas señales cuyo significado comprendí más tarde y muchos huecos en una calle vacía. No es lo normal, y menos en mi barrio, donde los coches empiezan a ser comestibles ya que a partir de cierta hora la falta de aparcamiento te obliga a comértelo con patatas.
Bien, calle vacía, mi coche... parece que todo casa. Aparqué con tranquilidad y cuando salí de mi coche me fijé en la señal de tráfico. Algo parecido a un "prohibido estacionamiento" con un cartelito de "mañana asfaltamos a partir de las 8 de la mañana así que tú verás si dejas el coche". Lógicamente lo dejé. A la mañana siguiente bajé a las 8 de la mañana y mi coche estaba allí. Aparcado con señorío, con chulería si me apuráis, en medio de una calle vacía llena de obreros y máquinas infernales del MOPU. Me sentí como el Neng del Paseo Extremadura.
Me metí dentro del coche, me puse la radio, el aire acondicionado y encendí el motor. Todo perfecto. Todo perfecto durante dos segundos porque mi coche murió. Por no hacer no hacia ni el ruido del cierre centralizado. Empezaba el día... y todo delante del taller de toda la vida que por supuesto cerraba ese día.
Salí del coche y pregunté a un trabajador del asfaltado si mi coche se lo iban a llevar pese a estar roto. No sólo me dijo que sí sino que además si quería arreglarlo tendría que ser dentro del depósito. Le expliqué lo sucedido y me dijo que me fuera al final de la calle en busca de Julián, el hombre de la furgoneta que podría hacer revivir mi batería.
Seguí la calle y vi un hombre con chaleco amarillo y una furgoneta. Me dije para mi mismo "coño, este debe ser Julián". Con seguridad y amabilidad me acerqué metí la cabeza por la ventanilla de la furgoneta y le pregunté "¿Tú eres Julián?". Me dijo el patriarca gitano que estaba dentro que no y me miró como diciendo "no soy Julián pero puedo ser tu peor pesadilla payo".
En seguida me di cuenta de que Julián estaba donde me dijeron, al final de la calle. Una vez conseguí contactar con él le pedí el favor de pusiera su furgoneta frente a mi coche para poder darle un pequeño impulso eléctrico. Y así hizo. Colocamos las pinzas, arranqué y ruummm. De nuevo la vida!! Pensé.
Julián se marchó con su furgoneta y yo... yo olvidé quitar la defensa que bloqueba el volante y las llaves para quitar la defensa estaban junto con las del motor. Apagué el motor, quité la defensa, arranqué y... otra vez muerto. Esta vez tenía a dos obreros riéndose de mí. Tuve que confesar mi condición de prigao y pedir de nuevo el favor a Julián de que trajese la furgoneta de nuevo.
De nuevo en la misma posición y Julián me hizo la promesa de que no se iba a marchar hasta que me viera muy lejos de allí. Antes de arrancar de nuevo el coche le dije a Julián "hace tiempo que no se me cala, ya verás como hoy jojo (con risa de adolescente gilipollas)". Dicho y hecho. La mayor calada de todos los tiempos terminó por freír el coche.
Inmediatamente hice lo que un hombre hace en estos casos. Llamé a mi madre. Necesitaba una batería nueva. Mi madre me dijo donde podía encontrarla y tenía que darme prisa en conseguirla pues la grúa se estaba llevando ya los coches cercanos al mío.
Salí corriendo, llegué a la tienda de baterías y vi un maravilloso cartel de "vuelvo en 5 minutos". esperé 15 (maldito mentiroso). Cuando entré le dije "necesito una batería grande". "¿Cómo que grande?, me tienes que decir el modelo del coche". Es lo que tiene no saber ni el coche que llevas, que luego la gente no te entiende.
El tiempo apremiaba y ya tenía la batería encima del mostrador. Saqué mi visa de Caja Madrid y... "con tarjeta no se puede pagar". Maldito cabrón, podía haberlo dicho antes. Salí corriendo de allí en busca de un cajero. Vi uno. Vacio. A dos metros del cajero, con mi tarjeta en mis dedos y listo para ejecutar la introducción del plástico en la ranura, salió de la nada un abuelo con su cartilla y me adelantó.
¿Cómo me puede adelantar un viejo? ¿Tan mal estoy? ¿Por qué todo se tornaba tan oscuro si esta vez iba a llegar temprano a trabajar? ¿De donde cojones salió el abuelo? Demasiadas preguntas.
Tras 15 minutos de actualizar sus ahorrillos llegó mi turno. Saqué la pasta y me pegué la tercera carrera. Le di el dinero al tipo de las baterías y cuando fui a cogerlas.... cataplom!! Golpazo de la batería contra el mostrador de cristal. ¿Qué demonios lleva dentro? Ignoré la cara de me cago en tu puta madre del vendedor y cogí de nuevo la batería con más fuerza y salí corriendo hasta donde estaba el coche. Olvidé que tenía una hernia y la batería ayudó seguro a reducir mi calidad de mi vida. ¡Como dolía mi espalda!
Al llegar allí me encontré con el panorama. Julián mirando el motor de mi coche, dos operarios mirando y un obrero con pinta borracho esperando la ocasión de tomar protagonismo.
Le pedí a Julián que me ayudara a poner la batería pues yo no tenía ni idea de cómo se hacía. Le dije voy a por las herramientas... ¿¿herramientas?? Qué herramientas? mi padre se las había llevado al otro coche. Entonces entró en acción el obrero que parecía borracho. Me equivoqué con las apariencias. Definitivamente estaba borracho y me dijo que él tenía herramientas pero que la mano de obra me iba a costar 20.000 pelas.
Negocié con él y decidimos que un chispazo de whiskey sería mejor que 20.000 pelas del ala. Colocamos la batería e invité cortésmente a los obreros a desayunar. Salvo el del chispazo que se lo metió de verdad a las 9:00 de la mañana. Un doble para ser exactos.
La pesadilla terminaba.... no aún no. cogí el coche en busca de aparcamiento por el barrio pues tenía que ir al médico en la misma zona. Me encontré con todas las calles de mi barrio siendo asfaltadas. No había salida. 20 minutos dando vuelta sobre mi propio eje como la tierra. Era de locos. Al final pude salir por una calle prohibida y encontré aparcamiento.
Fui al médico, le conté lo que me pasó, se descojonó de mi y me fui a casa a comer. Me puse a freír un filete y como echaba mucho humo encendí la campana. Y Sí, efectivamente, la jodí.
Después de un día así, decidí no salir de casa y no tocar ningún aparato eléctrico por si las moscas. Y lo peor de todo es que ésta fue la primera de una larga racha de mala suerte...

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